Costo de insumos, unidades de compra y trato con proveedores. Lo que vemos todos los días operando compras en México, sin adorno y con números.
Una receta dice cómo se hace el plato. El escandallo dice cuánto cuesta servirlo una vez.
Todos dicen que hay que controlar la merma. Casi nadie dice cómo se cuenta, con cuánto producto y cada cuándo.
La fórmula la sabe todo el mundo. El problema es que el resultado cambia sin que cambies nada del platillo.
Se compra por peso y se sirve por pieza. Entre esas dos cosas está la diferencia entre la caja barata y la caja que sale barata.
Comprar el pollo entero es una decisión de carta, no de compras. Si sólo vendes pechuga, el canal es la forma más cara de comprarla.
De una pieza entera no sale un solo producto. Salen tres, y costear como si saliera uno hace ver barato al porcionado.
La caja de jitomate no pesa lo mismo en todos los mercados. Comparar por caja es comparar dos cosas distintas.
El limón no sube por casualidad. Tiene un ciclo de producción y se repite cada año en los mismos meses.
Tres proveedores te dan precio del mismo camarón y ninguno cotiza lo mismo. Uno va con cabeza, otro descabezado y el tercero pelado y congelado.
Dos proveedores te dan precio del mismo producto. Uno pasa por tu calle todos los días y el otro pasa los jueves.
No todas las alzas se contestan igual. La primera pregunta no es cuánto subió. Es de qué alza se trata.
El número que se cuenta no es el de nombres en la lista. Es el de entregas que llegan a tu puerta cada semana.
Un restaurante no audita a nadie. Lo que sí tiene son cuatro semanas de datos propios y una báscula.
Pedir descuento en el precio del día de un perecedero casi nunca funciona. Alrededor de ese precio hay cinco cosas que sí se mueven.
Ir a la central se siente más barato porque el costo de ir no aparece en ninguna nota.
Setenta locales que venden mayoreo y menudeo en el mismo pasillo. El precio de restaurante no está en el mostrador.
Ir a Abastos sale barato en producto y caro en horas. La cuenta completa cambia según el tamaño de tu pedido.
El inventario del mes sirve para la contabilidad. El conteo del cierre sirve para el pedido de mañana. No son el mismo conteo.
El dueño compra porque nadie más carga con el margen. Eso funciona hasta que sus horas valen más de lo que ahorra.
El primer criterio decide casi todo. Si el precio lo sigues capturando tú, compraste una hoja de cálculo más cara.
El Excel funciona. Deja de funcionar cuando el trabajo ya no es calcular y pasa a ser conseguir el precio de hoy.
El mercado mayorista de una ciudad. Ahí se forma el precio que después te cotizan.
El precio publicado antes de descuentos. Casi nunca es el que acabas pagando.
Cuántos días te dura lo que hay, al ritmo al que lo estás gastando.
Lo que cobra el proveedor por llevártelo. No viene dentro del precio por kilo, así que hay que sumarlo antes de comparar.
La compra más chica que un proveedor acepta llevarte. Decide con quién puedes trabajar de verdad.
El tamaño de la pieza. Dos cajas del mismo producto y del mismo peso rinden distinto.
Insumos más nómina, entre la venta. Los dos costos que se mueven con lo que decides esta semana.
El desglose de lo que cuesta un platillo, con la merma adentro y con todo lo que se sirve aparte.
Todo lo que compras y no vendes. Se mide con báscula, no con la intuición del cierre.
El bloque completo, sin porcionar. Se compra por pieza y se costea por kilo.